domingo, 20 de marzo de 2016

EL CAMINO DEL ÁRBOL DE LA VIDA 2 de 2

Esta trilogía será especialmente valiosa para quienes no sólo están interesados en la “magia”, sino que también reconocer que la alquimia es el medio de renovar la juventud, primero en las entrañas del hombre y luego por toda su conciencia y manifestación. Si esto se logra, no podrá menos que ser el medio de enriquecer el pensamiento individual y mundial.
Ahora bien, al sopesar el experimento correcto en vuestros esfuerzos alquímicos, recordad que los estereotipos que abundan en el mundo no son todos desagradables. De hecho, hay muchas obras literarias históricas y culturales magistrales que describen estereotipos divinos o arquetipos, como los llamaríamos. No es necesario que el estudiante, en sus experimentos alquímicos, evite todo lo que parece ser ordinario. En muchos casos, más que hurgar en los lugares comunes, es más importante que evitéis calificar  cualquier cosa de trivial, pues en realidad puede constituir una gran idea.
No temáis adoptar pensamientos hermosos porque alguien los pensó primero. Ya vendrá el momento en que se desarrollará en vosotros una gran singularidad. Pero hasta que no seáis más diestros en vuestros experimentos, es más importante que vayáis por camino seguir –esto es, si es a la velocidad combinada con la exactitud a lo que aspiráis.
Llega un momento en que el hombre trasciende la valla de lo que sus propias pautas de experiencia le pueden enseñar. Allí los inmortales están listos –al igual que mientras todavía está aprendiendo las elecciones de la Tierra—para ayudarlo a expandirse en cada faceta de sus empeños, sean humanos o divinos. El progreso no se rige tanto por lo que el hombre desea hacer os er, ni por lo que el mundo tiene que ofrecer, como por su propia realización de que puede ser todo lo que Dios quiere que sea, con sólo que acepte ese mero pensamiento.
No busquéis, entonces, lo extraño; más bien contentaos con ser un buen hombre o una buena mujer. Poneos en manos de Dios, en manos del padre de todos, que se preocupa por los pájaros del aire y por las florecillas frágiles que duran el hálito de un momento.
¿No pensáis que a Él le importáis más vosotros que la yerba del campo que se marchita –Él, que os tiene en tan alta estima que os da Su conciencia, que crea un universo para vosotros, una Madre universal, la Naturaleza misma, y que impregna esa Naturaleza de los fuegos de Su propio Espíritu…todo por vosotros…todo por vosotros? Más el hombre es como la yerba del campo cuando así se estima, cuando, en la mediocridad, el egoísmo, el engaño y el sentido de lucha personal, lo único que busca es el reconocimiento del exterior.
Que los hombres busquen no para que otros hombres piensen que son grandes, sino para reconocer en el interior la grandeza de Dios inherente en todas las manifestaciones de la Vida. Entonces su alquimia contendrá la alquimia de llegar a ser perfectos.
No digo que no haya otros misterios por revelar en relación con la alquimia. Sé que los hay. Lo que digo es que
El camino del Árbol de la Vida,
El secreto perfecto
Que Dios ha guardado de los curiosos
Y los profanos,
Sigue siendo un misterio penetrable
Para aquel que no se avergüenza
De llevar sus alas,
Para aquel que comprende
La diligencia de cada día,
Para aquel que se limita a extender la mano
Con la confianza amorosa en que el destino nuestro es,
Para aquel que está dispuesto a dejar atrás
Un pasado que no ha producido
La belleza exuberante que anhela,
Para aquel cuyo corazón aspira, como el cáliz,
Al más elevado y dulce,
Al más noble y mejor, al Señor,
Con el deseo de que se le otorgue,
A él y a todo fragmento de vida,
El mejor de los regalos.
En tono íntimo, amoroso,
De comunión interna, declara:
“¡Oh, Padre, hágase Tu Voluntad y no la mía!”
A él se le otorga el premio supremo, 
La palabra “dominio”.
Es el Hijo, el alquimista,
El amado,
Él puede multiplicar los panes y los pescados,
Caminar sobre las aguas,
Cumplir sus deseos y los de otros
Y ser el Gran Benefactor.
En él prevalece el Espíritu Inmortal,
Y la última Tule puede ser vista.

Me suscribo, sinceramente, vuestro amigo inmortal,
Saint Germain